Excelencia laboral y crisis mundial

La etimología de la palabra excelencia posee dos raíces latinas que en conjunto sugieren la capacidad de alguien o de algo de levantarse por encima de los demás y de sus iguales. Así, la excelencia siempre es un estado de rendimiento superior que se origina en una potencialidad más desarrollada; bajo esa perspectiva calificamos el trabajo de las personas y a las personas mismas como excelentes.
Desde luego, el concepto de excelencia está presente en todas las organizaciones y en los diversos ámbitos de la vida laboral y productiva e impone un estilo de trabajo que tiene en la competencia uno de sus aspectos más relevantes, de manera que al trabajo se le mira, valora y compara respecto de otros con los que se compite al interior y exterior de las empresas, rivalizando con otras. Al ser la competencia el motor de la excelencia, es obvio advertir la existencia de vencedores y vencidos.
Actualmente, el modelo de excelencia vinculado a la victoria está presente en todos los ámbitos de las actividades productivas y sociales, trascendiendo el terreno de la política, de manera que el mejor partido y el mejor candidato lo son por haber derrotado real o figuradamente a los otros, que desde luego se miran como adversarios, destinatarios de todas las estrategias que les dificulten o impidan avanzar.
Este modo de concebir la excelencia como lucha por derrotar a los adversarios, está presente de manera destacada tanto en las arengas que los entrenadores dirigen a sus equipos deportivos como en las organizaciones militares y empresariales. Así, desde las primeras lecciones de la vida escolar aprendemos que se practican deportes, se aprueban exámenes y se ostentan grados y cargos bajo el sello de la competencia; el desafío abierto donde todos los otros son adversarios, en el mejor de los casos instrumentos o medios para alcanzar ciertos fines de ambición personal. Sin lugar a dudas el pensamiento y la actitud competitiva de la excelencia, conscientes de ser el mejor con oposición a los otros puede resultar útil. Pero como actitud ante la vida, como posición para encarar los retos del desarrollo personal y social, desde luego, es una postura agresiva y excluyente.
En diversos ámbitos de la actividad profesional, hoy existe un clamor unánime de falta de satisfacción en el trabajo ocasionada por la presión de vivir forzados por la competencia y la violencia que se genera al interior de los grupos de trabajo cuando —sin considerar los medios— el fin de las actividades y tareas se centra en el ámbito de poder y competencia de las personas que dirigen.
En nuestro entorno nacional, trabajar ha dejado de ser una labor que aporte grandes realizaciones personales, ahora se ha convertido en una actividad que se mira como una mercancía que, paradójicamente, propicia el consumo de otras mercancías. Hoy, el trabajo no se advierte como una tarea creativa de aporte personal, más bien se percibe como un hacer mecánico, imperando la tendencia al menor esfuerzo y al máximo provecho.
Las grandes proyecciones de desarrollo nacional y mundial, con sueños de pleno empleo, desde luego se han quedado en el mundo de la quimera. Hoy, cientos de miles de personas carecen de empleos dignos y bien remunerados y otros tantos que los poseen no ven en esas actividades medios de realización personal, sino la posibilidad exclusiva de obtener un ingreso para sobrevivir, o poder seguir consumiendo bienes y servicios de menor calidad o en menor cantidad, porque, como es obvio, los precios de los bienes no guardan proporción con el salario, tal parece que el capitalismo ha pervertido el sentido humano y profundo del trabajo, al tiempo que ha desarrollado el deseo incontenible de consumir en una frenética carrera por disfrutar.
Las crisis económicas y los recortes presupuestales que en México y otros países se están anunciando como consecuencia de la caída en los precios del petróleo, desde luego muestran la falta de sentido profundo, de compromiso, que carece hoy el trabajo como expresión de excelencia. Precisamente porque no tiene sentido hacer más y esforzarse al máximo si al final el salario cada vez alcanza para menos y en realidad, ni la empresa o la organización están comprometidas con el desarrollo de sus trabajadores, ni los trabajadores se saben parte importante de aquel proyecto productivo. Por esa vía el concepto de excelencia como expresión de competencia está perdiendo sentido, urge devolver al trabajo su dimensión de excelencia humana capaz de generar riqueza, más allá del inminente y siempre insatisfecho deseo de consumo.
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