Editoriales

Aquella estación del tren en Aguascalientes

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MEMORIAS DE LA CIUDAD
Por Matilde Arteaga Duarte

Hace unos días, haciendo recuerdos con gente de mis tiempos, rememorábamos el viejo rumbo de la Estación, un barrio por demás emblemático de Aguascalientes que ya absorbió el desarrollo de la ciudad y que casi casi es un recuerdo porque su jardín quedó dentro del complejo de las Tres Centurias y realmente el rescate valió la pena, pues en los últimos años fue un sitio de dudosa reputación en donde se reunían vagos, malvivientes y en donde las familias ya no podían ir, sentarse y disfrutar como ahora lo hacen viendo las famosas fuentes danzarinas dentro el citado complejo.
Los recuerdos se remontan a aquellos años en los que aquel lugar era un hervidero de gente que iba y venía: vendedores de nieves, tamales, tortas, aguas frescas… Todo un ejército de gente esperando a que llegara al tren para realizar un movimiento económico impresionante y que quedó en punto muerto porque al desaparecer los trenes, también se borró una actividad económica que le daba vida y ganancias a mucha gente de Aguascalientes, además de que murió toda una tradición.
Los domingos, mucha gente se iba a los “baños” de Ojocaliente y al salir, con un hambre atroz lo primero era llegar a la lonchería “La Chatita”, que estaba justo frente a Las vías del tren ocupando una estructura metálica y de cristal en donde se servían tortas de jamón, carnitas, queso de puerco, Etc., además de los tradicionales vasos de agua fresca que se servían en copas de las llamadas “chabelas” y que eran típicas de este lugar; ahí se disfrutaba de una excelente agua fresca de guayaba, limón, Jamaica, naranja o lima, saboreando una deliciosa torta muy bien hecha, por cierto o un coctel de camarones también en la mencionada copa, en donde se disfrutaba más de esa suculento platillo del mar.
Las familias enteras, los enamorados, esposos o amigos, se daban cita en “La Chatita” para saborear –con servicio al auto o en las propias mesas al aire libre- esos deliciosos platillos contemplando el paso de los trenes, el tráfico escaso que pasaba por las vías para encaminarse a la famosa Alameda, en donde también, a ambos lados, se estacionaban los autos de los paseantes para gozar de la vista que ofrecía este lugar, tanto por los añosos árboles de este paseo, como por el mismo momento de recreo que era salir a esa zona de la ciudad un poco alejada del centro de la ciudad o de las otras colonias, más pegadas al primer cuadro y gozar de un recorrido que empezaba en los famosos baños de aguas Termales “San Ramón” y después de buscar el remedios a los males y la salud del cuerpo, pasar a saborear ricos platillos en la citada lonchería o bien, en los puestos de tacos de tripas o de carne que también se colocaban en la estación, especialmente por las noches, para delicia de los paseantes o de los viajeros que volvían de su viaje y llegaban a degustar algunos de los platillos callejeros que se ofrecían nada más bajar del tren, mientras que se seguía escuchando el nostálgico silbato que anunciaba el paso del siguiente tren y que aún nuestros oídos aguascalentenses disfrutan no sin cierta tristeza, pues toda una época de gloria, de convivencia y de identidad ferrocarrilera de nuestra ciudad y en especial del Barrio de la Estación, desapareció, tal vez para siempre, al cerrarse el capítulo de los ferrocarriles y desaparecer el tren de pasajeros de Aguascalientes y de todo el país.
Cuando mis pasos me vuelven a llevar al antiguo barrio de la Estación por donde los pasos de mi abuelo y mi padre transitaron tantas veces para ir a trabajar al “taller”, el corazón se llena de un enorme cariño por ese lugar en donde el tiempo ha transcurrido dejando su huella, pero también, borrando los ecos de las voces, el paso ágil de aquellos hombres que dejaron su vida en los talleres del ferrocarril y que ahora sólo son recuerdo, imágenes de borrosas fotos y entrañables retratos en nuestra memoria fotográfica y más grabados con letras de fuego y oro en nuestro corazón por su significado en nuestra vida familiar y citadina.
Vayan estos renglones apresurados como un homenaje a los rieleros, esos “chorreados” que hicieron toda una historia durante el siglo XX en Aguascalientes, centro ferrocarrilero por excelencia y gracias a cuyo esfuerzo Aguascalientes brilló a nivel de América Latina con los mejores talleres del ferrocarril que hubo y que nunca se han vuelto a tener en todo México y que por lo que se ve, no volverán a existir, pero que marcaron toda una época y todo un momento brillante en la historia del Aguascalientes moderno y principal enclave de los Ferrocarriles Nacionales de México.
Ahora sólo queda un Museo de sitio, una máquina de vapor que ya no arroja su fuerte silbato a los cuatro vientos anunciando con grandes bocanadas de humo que ya venía el tren y la gran máquina se perfilaba en el horizonte de la vieja ciudad, mientras cientos de viajeros se aprestaban a subir, para emprender un viaje a cualquiera de los cuatro puntos cardinales y como dijera mi padre, viajero inmortal que ya se ha ido en la máquina de vapor a la Estación Celestial… ¡Recordar es vivir!

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