EL ANTÍDOTO HUMANO: LA MOTIVACIÓN TRASCENDENTE FRENTE A LA HIPERCONEXIÓN Y LA CRISIS EDUCATIVA
Por: Israel Gallegos Parra
Vivimos inmersos en la paradoja más grande de la historia moderna: tenemos el conocimiento del mundo entero a un solo clic de distancia, pero nuestra capacidad de atención, retención y análisis se desmorona día con día. El neurocientífico Michel Desmurget lo advierte de forma clara y contundente en su libro “La fábrica de cretinos digitales”: el consumo excesivo de pantallas está provocando, por primera vez en la historia, que las nuevas generaciones presenten un coeficiente intelectual inferior al de sus padres. Estamos criando y moldeando mentes distraídas, impulsivas y con una escasa tolerancia a la frustración.
¿De qué tamaño es el reto en nuestro país? El Estudio de Hábitos de los Usuarios de Internet 2026 revela una verdad contundente: México ya no se conecta a internet, sencillamente vive en internet. Los datos son abrumadores, pues los usuarios pasan en promedio más de 6 horas al día en el entorno digital, y un alarmante 24% supera las 9 horas diarias de conexión. ¿Qué hacemos con tanto tiempo? El uso que le damos con mayor frecuencia es primero social y de entretenimiento. El ecosistema está dominado por la mensajería y las redes: el 91% de los usuarios tiene una cuenta activa en WhatsApp, el 85% en Facebook y casi el 60% está inmerso en plataformas de impacto rápido como TikTok e Instagram.
No tenemos que ir muy lejos ni especular para ver los estragos de esta hiperconexión constante. Los recientes y dolorosos resultados de México en la prueba PISA 2025 son el síntoma palpable de esta crisis. La caída estrepitosa en los puntajes de comprensión lectora, matemáticas y ciencias no es una simple estadística; es el reflejo de un cerebro que ha sido condicionado por las redes sociales para rechazar el esfuerzo cognitivo profundo. Las plataformas han secuestrado la atención sostenida, y el resultado de PISA es la dolorosa factura que hoy estamos pagando como país.
Esto debería encender todas las alarmas, pues choca de frente con el panorama económico que ya tenemos encima. El Foro Económico Mundial ha sido claro respecto a los empleos del futuro: a medida que la tecnología asuma las tareas operativas, el mercado exigirá habilidades profundamente humanas como el pensamiento crítico, la flexibilidad cognitiva y la inteligencia emocional. Esta transición tecnológica no es ciencia ficción ni un problema del futuro; el mismo estudio de 2026 señala que el 50% de los usuarios en México ya utiliza alguna aplicación de inteligencia artificial. La colisión es inminente: el mundo digital nos empuja hacia la superficialidad, mientras el futuro exige profundidad y adaptación.
Ante este panorama adverso, ¿cómo podemos contrarrestar los efectos anestésicos de la tecnología y revertir nuestro desastre educativo? A menudo creemos que el problema se resuelve “motivando” a los jóvenes o colaboradores con castigos o premios superficiales. Sin embargo, como advertía Peter Drucker, el antiquísimo método de “la zanahoria y el palo” será cada vez menos apropiado. La realidad es que, en sentido estricto, no se puede motivar a nadie en contra de su voluntad. La motivación es un mecanismo intrínseco al hombre por medio del cual determina las acciones a realizar con el fin de alcanzar su felicidad. Lo único que realmente podemos hacer es cambiar el entorno del individuo para facilitarle la modificación de su actuación o darle razones de peso para que él mismo haga propia la necesidad del cambio.
El gran engaño de pasar más de 6 horas diarias en internet es que nos ha atrapado en un ciclo interminable de necesidades artificiales. Ya desde la antigüedad se hacía la diferencia entre necesidades naturales y superfluas; mientras las primeras requieren de bienes finitos para su satisfacción, las apetencias de las necesidades superfluas son absolutamente insaciables. Los likes, los videos cortos y el scroll infinito son exactamente eso: estímulos que jamás serán satisfechos, dejándonos en un estado de vacío permanente que nos impide ser felices.
Para salir de este abismo, resulta reveladora la teoría de Juan Antonio Pérez López, quien establece que el ser humano está constituido por tres dimensiones diferentes que interactúan estrechamente: la material, la cognoscitiva y la volitiva. En nuestro intento por educar y dirigir, solemos apelar únicamente a la motivación extrínseca, aquella que impulsa al individuo a realizar una acción buscando recompensas y el placer inmediato. Los medios digitales son, indiscutiblemente, los reyes absolutos de este tipo de motivación.
Para lograr un cambio real en nuestra juventud y en nuestras empresas, debemos elevar la mira hacia la motivación trascendente. Esta se define como aquella fuerza que impulsa a los individuos a actuar debido a la utilidad que tienen sus acciones para otra persona distinta a ellos mismos, orientándose hacia el bien común. Mientras los sentimientos y la búsqueda de placer inmediato en redes sociales son miopes y nos pueden llevar a la autodestrucción si no son guiados por la razón, la motivación trascendente es la única que permite al ser humano satisfacer sus necesidades afectivas profundas y alcanzar su plenitud.
El futuro de México y del trabajo no pertenecerá a quienes pasen más de 9 horas conectados a una pantalla, sino a quienes logren elevar su calidad motivacional. Si queremos sobrevivir a la automatización tecnológica impulsada por la inteligencia artificial y prosperar genuinamente en el mañana, debemos dejar de tratar a las personas como simples consumidores de estímulos vacíos. El verdadero reto del futuro es recuperar el sentido humano de nuestras acciones, enseñando a las nuevas generaciones que el mayor motor para actuar no está en una pantalla iluminada, sino en el impacto positivo y trascendente que pueden tener en la vida de los demás.
Israel Gallegos Parra es miembro del Consejo de Dirección de la Universidad Panamericana Campus Aguascalientes.
Correo: ci-ags@up.edu.mx







