Por: Michelle Raimond Kedilhac Viesca

ci-ags@up.edu.mx

Tenía ocho años y estaba sentada en una de las butacas del Teatro de la Ciudad Esperanza Iris, en el Centro Histórico de la Ciudad de México. Junto con mis compañeras de academia de danzas españolas, esperaba nuestro turno para subir al escenario para el ensayo general. En ese momento todavía no era consciente de lo que estaba a punto de descubrir.

Observaba cómo se preparaban las luces, cómo los técnicos recibían indicaciones y cómo las alumnas mayores ensayaban sus entradas y ocupaban sus lugares. Durante meses habíamos trabajado distintas coreografías inspiradas en regiones y fiestas de España.

Había llegado nuestro momento. Se apagaron las luces. Nos colocamos en las piernas del escenario, tal como habíamos ensayado, y comenzó la música.

Algo electrizante recorrió mi cuerpo. Comenzó el baile. Salimos al escenario y, desde ese instante, supe que ese era mi lugar. No eran las luces. No era el público. Era el escenario.

Era ese espacio donde mi cuerpo se sentía libre, donde la música parecía apoderarse de cada músculo y cada cambio de ritmo despertaba en mí una nueva expresión. Mis compañeras también formaban parte de ese universo y hacían crecer todavía más aquella emoción. Terminó la música y yo solo quería más.

Pasé diez años en esa academia, dirigida por dos coreógrafas extraordinarias, apasionadas por la danza, la disciplina y el cuidado de los detalles, pero, sobre todo, por vernos crecer. Ese lugar fue una de las grandes escuelas de mi vida.

A los dieciséis años se me presentó la oportunidad de montar una coreografía para una competencia nacional. Gracias a la formación que había recibido desde pequeña, conocía las bases de un montaje escénico, la organización de una producción artística y la manera de imaginar colores, telas y vestuarios. Pero, sobre todo, había aprendido algo que con los años se convertiría en una de mis grandes convicciones: el arte es esencial para el ser humano.

Todos tenemos algo que decir. Sin embargo, muchas veces creemos que las palabras son nuestra única forma de expresarlo. Hasta que descubrimos que también podemos comunicar lo que llevamos dentro a través de la danza, la música, la pintura, la escritura o cualquier otra manifestación artística. Y cuando eso sucede, algo se transforma en nosotros.

El arte no solo nos permite expresarnos; también permite encontrarnos con los demás. Alguien puede ver un baile, escuchar una canción, contemplar una pintura o leer una historia y descubrir en ella algo propio. Tal vez ahí radica una de las mayores riquezas del arte: crear puentes entre nuestro mundo interior y el de los demás, y recordarnos que, aun siendo diferentes, hay emociones y experiencias que nos unen.

Quizá por eso una experiencia artística puede permanecer durante toda una vida.

Yo tenía ocho años cuando descubrí el escenario. No sabía que aquella experiencia iba a acompañarme durante décadas. Tampoco sabía que, detrás de una coreografía, estaba aprendiendo disciplina; que al interpretar una tradición estaba acercándome a otra cultura; que al trabajar con mis compañeras estaba aprendiendo sobre comunidad, colaboración y confianza; o que, al expresarme a través del cuerpo, estaba construyendo poco a poco una manera de comprenderme a mí misma.

Hoy, cuando hablamos de educación, solemos preguntarnos qué conocimientos necesitan nuestros jóvenes para enfrentar el futuro. Hablamos de tecnología, innovación, inteligencia artificial, nuevas profesiones y habilidades. Y todas ellas son importantes.

Pero quizá también deberíamos preguntarnos: ¿qué experiencias necesitan nuestros jóvenes para no perder aquello que los hace humanos? La capacidad de imaginar, de crear, de emocionarse, de contemplar, de escuchar al otro, de expresar lo que sienten y de descubrir belleza donde otros quizá no la ven. En un mundo que avanza con tanta rapidez, el arte nos invita a detenernos.

Nos ayuda a mirar con atención, a desarrollar sensibilidad y a reconocer que una persona no puede reducirse a sus conocimientos, sus resultados o su productividad. Somos también aquello que sentimos, imaginamos, creamos y compartimos con los demás.

Necesitamos espacios donde los jóvenes puedan subir a un escenario, tomar un instrumento, pintar, escribir, cantar, diseñar, actuar o simplemente acercarse a una obra y dejarse interpelar por ella. No todos se convertirán en artistas. Y no es necesario. Lo importante es que tengan la oportunidad de descubrir qué ocurre dentro de ellos cuando crean. En mi experiencia, ahí comienza algo.

A los dieciséis años obtuve mi primer reconocimiento como coreógrafa. Con el tiempo, aquella primera experiencia dio paso a la creación de un festival y, posteriormente, a mi participación en competencias nacionales e internacionales de danza. Cada proyecto abrió naturalmente la puerta al siguiente, y así fui descubriendo un camino que poco a poco me llevó de la creación coreográfica a la gestión y producción artística.

Hoy trabajo con universitarios y sigo haciendo, de alguna manera, lo mismo que comenzó aquella tarde en una butaca: impulsar el arte y abrir espacios para que otros puedan descubrirlo.

Cada año ofrecemos talleres artísticos y producimos espectáculos en los que participan más de cien alumnos como músicos, cantantes, actores, bailarines, escenógrafos y miembros de los equipos de producción. Y no lo hacen por obligación. Lo hacen porque, como yo lo experimenté desde niña, todos necesitamos espacios para expresar lo que llevamos dentro.

Gestionar cultura no es solamente organizar eventos, producir espectáculos o llenar una agenda de actividades. Es crear las condiciones para que una persona pueda encontrarse con el arte y, quizá, encontrarse también consigo misma.

A veces pensamos que para transformar una vida se necesitan grandes oportunidades. Mi experiencia me ha enseñado que no siempre es así. A veces basta una clase, un maestro que confía en ti, un escenario, una canción, un texto.

La mía comenzó en una butaca.

Michelle Raimond es directora de Vida Universitaria de la Universidad Panamericana, Campus Aguascalientes. Gestora cultural, promotora del arte y convencida de que una experiencia educativa puede cambiar vidas, cuenta con una amplia trayectoria en la gestión cultural, la educación artística y la producción de espectáculos en diferentes instituciones educativas del país.