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Sin lugar a dudas, una de las escritoras mexicanas de obligada lectura en el intento de compresión del tan traído, llevado y maltratado asunto de la equidad de género es la poeta chiapaneca Rosario Castellanos Figueroa (1925-1974). Huérfana a muy temprana edad, y habiendo perdido en la primera infancia a su único hermano, la vida de Rosario no fue fácil en modo alguno y, sin embargo, fue egresada de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, luchadora incansable por los derechos de la mujer, además de autora de poemas, ensayos y obras de teatro donde hace una profunda crítica antropológica y social de la situación de la mujer mexicana en relación con el varón, en la primera mitad del siglo XX; es de destacar la claridad de su pensamiento y la agudeza de su fino sentido del humor, en ocasiones con tintes de agresividad para conducir el hilo de su narrativa a las profundidades de esas relaciones de poder y abuso, de víctima y verdugo presentes en los roles masculino y femenino.

En la obra de teatro póstuma “El eterno femenino”, consigue expresar la situación de la mujer mexicana sumisa y abnegada que soporta toda clase de negaciones porque desde la más tierna infancia le han sido impuestas unas imágenes que las ubican en roles de debilidad, dependencia y obediencia. En opinión de la autora las propias madres, como primeras educadoras, son las que repiten en sus hijas los condicionamientos de fragilidad y marginación que las preparan para ser víctimas propicias y conformes.

Rosario Castellanos murió electrocutada en Israel en 1974, a consecuencia de un lamentable accidente doméstico, tenía 49 años y una prometedora carrera literaria y de lucha social, se sabe que pocos días antes de esta tragedia, había enviado a unos amigos en México el texto de la obra de teatro que ahora nos ocupa.

Las injustas relaciones que se generan entre víctima y victimario, ella las traduce en los roles masculino y femenino. En su mundo literario la fascinación por esta relación entre individuos o entre grupos es constante, así, ser esclava o amo constituye un signo vital que desde luego impacta a ambos personajes y condiciona su forma de ser y sus comportamientos.

El eterno femenino, es un intento didáctico muy bien logrado, capaz de influir en la reflexión de las dinámicas relacionales entre hombres y mujeres, donde éstas ocupan siempre el segundo lugar; detrás del tono jocoso o incluso satírico de la obra de teatro, se propone motivar al público para que reflexione sobre la injusticia y la falta de equidad socialmente aceptada en perjuicio de las mujeres.

Para Castellanos, las madres infunden en sus hijas la conciencia clara de que haber nacido mujer supone, en cierta forma, reprimir su naturaleza, sepultar sus sueños, silenciar sus sentimientos para permanecer en la periferia de la vida y de la sociedad, siempre a la expectativa, detrás de ese varón que al casarse les dará su apellido, marcándolas a ellas y a su descendencia, y haciendo de ellas buenas mujeres.

En algunos de los diálogos de El eterno femenino, Rosario se refiere al largo espacio en la historia mexicana, donde las mujeres estuvieron relegadas en todos los asuntos sociales, hasta que un buen día los hombres les dieron permiso de votar, de estudiar y de tomar decisiones, de manera que empezaron a asumir el rol de presencia que en verdad les corresponde.

Superar el horizonte de confrontación que expresa el eterno femenino es avanzar hacia una cultura de inclusión y de respeto mutuo como condición de sanas y profundas relaciones humanas. En la dinámica social actual, ambos sexos son necesarios, porque la mejor forma de construir la sociedad y las instituciones que la articulan es asumir roles de acompañamiento y colaboración, en una palabra es reconocer la vigencia de la equidad de género.

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