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En las postrimerías del mes de noviembre, con ocasión del día de acción de gracias, en su mensaje a la nación Donald Trump —como presidente electo— ha convocado al pueblo de Estados Unidos a mantenerse unidos, para juntos trabajar y reconstruir la grandeza de América. Hoy llama la atención su tono conciliador, como si los ciudadanos pudieran olvidar tan rápida y fácilmente que su exitosa campaña la construyó precisamente llevando al extremo las expresiones de odio y división social. Como es obvio, ahora que se encuentra a unas semanas de asumir la presidencia, advierte con claridad lo difícil que será gobernar a un país tan sensible a los temas de discriminación, racismo y misoginia, pues en las entrañas de la historia de Norteamérica, existen heridas desde su fundación, abiertas llagas de exclusión y rechazo por motivos tan vanos como el color de la piel.

El pasado 8 de noviembre se hizo manifiesto en Estados Unidos, quizás como nunca, la inconsistencia de su rancio sistema pretendidamente democrático, los contradictorios resultados de esta elección presidencial han mostrado la enorme paradoja que supone ganar perdiendo. En las casillas electorales se registraron poco más de 61.1 millones de votos a favor del candidato Trump y 62.3 millones a favor de la candidata Clinton, es decir, que quien obtuvo la menor cantidad de votos se alza con el triunfo, porque lo que en realidad cuenta para ellos no son los votos ciudadanos sino los “votos electorales”. Según ellos, una compleja división de demarcaciones territoriales soporta esta enorme injusticia, haciendo evidente a los ojos del mundo que el país que durante décadas ha impuesto a sangre y fuego la vivencia de la democracia, en realidad no es democrático. El principio elemental de las democracias representativas: un ciudadano, un voto, se ha lesionado gravemente en esta elección, siendo posible afirmar ahora que no necesariamente quien obtiene el mayor número de votos en una elección presidencial gana, ésta es la perversión de las así llamadas democracias indirectas.

La aceptación de “su derrota”, de la candidata Clinton, en realidad fue una muestra de civilidad que en mucho la engrandece. Como mujer política de gran experiencia que es, desde el principio ha aceptado que ésas son las reglas del juego, sin dejar de reconocer la división y la injusticia que este resultado ha generado. Como nunca, en las calles de muchas ciudades se hicieron presentes muestras de repudio al presidente electo, de manera particular entre los grupos que él ha señalado de modo despectivo: los jóvenes estudiantes extranjeros, los migrantes e inmigrantes, los latinos; segmentos de la población que se saben amenazados por este hombre de negocios que desde el 20 de enero próximo despachará en la Casa Blanca.

Gobernar para todos es el principio elemental que obliga a un presidente, difícil encomienda de cumplir para un hombre de negocios que llega al poder con el odio como argumento. La narrativa de Trump pone en la persona de los latinos, los migrantes y los chinos la causa de todos los males que aquejan a la sociedad norteamericana. En su discurso, cerrarse para limpiar la casa, expulsando a todos los indeseables señalados, es el camino correcto para la reconstrucción de su grandeza como país, desde luego, la frivolidad y la grave ofensa a la dignidad humana de esas afirmaciones, no resiste el más mínimo análisis para constatar su verdad, pero sí hace evidente su peligrosidad.

La grandeza de América, como la del resto del mundo es pluriétnica y pluricultural,  y se refiere no sólo ni principalmente al aspecto económico, en realidad tiene que ver con una perspectiva más amplia, que mira al bien común como el genuino derecho de todos los seres humanos de acceder a los bienes de la Tierra, como casa común. La exaltación y el discurso encendido con frases emotivas en torno a la superioridad de la raza aria, de los blancos, los hijos del Sol, los conquistadores y los vencedores, en realidad son intolerables expresiones de racismo que han manchado de sangre el tránsito de la humanidad y que no deben repetirse. Después de la conmoción por la sorpresa de este “triunfo” inesperado, los líderes y gobernantes del mundo deben superar la pasividad y contener el inminente peligro que se anuncia.

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