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El ritmo cósmico que impone al planeta Tierra sus movimientos de rotación y traslación, desde luego impacta a todas las formas de la vida, incluyendo la humana. Y precisamente las mujeres y los hombres, habitantes del planeta, son los únicos que de manera deliberada contravienen o ignoran la oscilación de los ciclos vitales: dormir y despertar y volver a dormir y a despertar.

Contrario a toda una moda, la así llamada vida nocturna se ha convertido en un imperativo festivo, pero de graves impactos en la salud pública. Para el ser humano, dormir supone una actividad tan vital y productiva como la vigilia misma, es decir, como estar despierto. Si no se toma el tiempo que exige el descanso, si se impiden o restringen las horas de sueño, el proceso natural de abandono y relajación, de pérdida de conciencia de sí, no sucede u ocurre a medias; así entendida, la noche convoca al silencio y la oscuridad que favorecen la reparación, transcurre en un continuo que por regla general no admite las divisiones, interrupciones y horarios tan frecuentes en el día. Aceptar la dinámica real de la vida con sus intervalos de sueño y vigilia supone reconocer que el ritmo cósmico tiene verificativo, lo queramos o no, incluso en la calidad de la propia vida, respetar el sueño propio y de los demás es reconocer la dualidad cíclica de la vida y de los equilibrios que la sostienen.

El sueño es un gran placer, dormir bien produce efectos positivos en la salud integral de la persona, entre otros podemos anotar que incrementa la creatividad intelectual, porque cuando el cerebro se encuentra descansado y la producción de hormonas está equilibrada, la memoria funciona de forma óptima, de manera que la imaginación expande sus posibilidades y la fusión de ideas y conceptos fluye en diversas expresiones de creatividad.

Por contraste, la falta de sueño, en cantidad de horas y en calidad de relajación, envían al cerebro la instrucción de vigilia prolongada, de manera que las células grasas liberen menos cantidad de la hormona supresora del apetito, así, el estómago se activa y la persona desvelada siente hambre, deseos de comer a deshoras, propiciando hábitos de sobrepeso y obesidad que fácilmente la inducen en el círculo vicioso de más desvelo y más ingesta de comida innecesaria a deshoras.

Una de las mayores y complejas tareas que nuestro organismo realiza mientras duerme es la reparación del propio cuerpo. El sistema inmunológico emplea las horas del sueño para auto repararse; interrumpir o impedir el sueño, incide de manera negativa en los procesos de salud y conservación del propio cuerpo. La persona que no duerme bien, es más propensa a enfermarse, no en vano los antiguos deseaban a sus familiares un “sueño reparador”; diversos estudios han coincidido en señalar que los insomnes tienen tres veces más posibilidades de sufrir infartos.

Las horas de sueño favorecen la producción de melanina y serotonina, estas hormonas que se generan en el descanso contrarrestan los efectos de las hormonas del estrés, es decir, de la adrenalina y el cortisol. Si se impide de manera deliberada y frecuente el efecto reparador del sueño, las personas inmersas en situaciones de vigilias prolongadas son más proclives a las depresiones y los estados de ansiedad. Propiciar condiciones de vida saludable debe ser responsabilidad compartida, precisamente porque la eficacia y la productividad de las horas de la actividad diaria son inseparables de la calidad del sueño que las precede, el ser humano no puede sustraerse de las dinámicas cíclicas que rigen al cosmos.

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