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George Steiner escribió una vez que las artes, las letras y toda la cultura occidental se disuelven en la medida en que pierde el sentido de la trascendencia. En una época como la nuestra ¿es posible discernir entre la alta literatura y la que no lo es? ¿El lector medio es capaz de juzgar por sí mismo el valor de una obra literaria? ¿Cómo reconocer la belleza literaria en medio de una fiesta de disfraces, como lo son las librerías? ¿Todo esto es literatura? ¿Debo leer todo lo que se publica? Al enfrentar a tan agudos dilemas solo puedo direccionar a quien sí sabe, y al tratar de encontrarlo me pierdo y me desespero. Mi esperanza no muere. Los escritores dedicados al arte de pensar sobre lo escrito, aquellos quienes merecen ser escuchados, esos hombres con una facilidad de deleitarse ante la belleza, poseedores de esos ojos capaces de leer lo que no está escrito; yo les pregunto… ¿dónde están?

Steiner tiene razón. Cualquier escrito barato lo llamamos literatura. Hace más de veinte siglos, unos hombres sabios depositaron en nuestras manos una vehemente herencia, y cual cenizas la arrojamos al mar, que solo hemos sido capaces de ignorar. Amistad y Amor, tragedia y comedia, Ilíada y Odisea, la sencillez de la belleza ha sido prostituida. Todo lo que fue hecho para deleitar y enseñar lo que es digno de ser aprendido, ha sido consumido por el ardiente fuego nihilista. Una vez más, el hombre, ha invertido los valores. Mi querido George, nuestra cultura se disuelve en un océano contaminado.

Alguna vez existieron hombres disciplinados, formados con un estricto y objetivo sentido estético, dedicados al estudio, que cual musas custodiaron las artes y juzgaron a quienes intentaron profanarlo. Su instrumento, las letras. Su juicio, nuestra salvación. La literatura, su oficio. Su motor, la trascendencia. La crítica, un saber.

Desde antes de los griegos, el hombre (criatura excelsa y eje literario principal) ha necesitado la guía y orientación de otros. El criterio propio es mal consejero. Aquellos senséis volcados en la educación de la juventud, buscaban infundirles un criterio trascendente, alejándolos de los vicios por medio de una instrucción recta. Criterio, la aportación de los sabios. Trazaron la ruta de lo bueno. Encendían a  sus discípulos, en deseos de una vida lograda y éstos escuchaban al maestro y lo veneraban. Hoy cualquiera se dice maestro, escritor, director, algunos se dicen críticos… pero no lo son.

En los últimos quinientos años hemos sido capaces de formar un canon literario: Shakespeare, Cervantes, Milton, Dickens, Goethe, Dostoievski… ¿qué tienen todos ellos en común? Que escribieron sobre su siglo sin quedarse en él. Fueron universales. Aspiraban a la trascendencia. Interiorizaron lo más recóndito de nuestra naturaleza. Por eso, podemos llamarlos clásicos. Es probable que algún escritor aspire a ser uno de ellos; pero hasta que los escritores dejen de manchar  la literatura, mediante su masacre a la condición humana y comiencen a exaltarla y dignificarla dejaremos de disolver la literatura en aguas negras. El fin es ambicioso. Nada sencillo, sin embargo hay quienes pueden desarmar este lío, hay un puñado de hombres, y que algunos malamente han comparado con eunucos, son hombres capaces de guiar al lector en medio del huracán de falsas ideologías y heces que nos atormenta, hasta la cima más alta de la literatura… los críticos literarios.

*Miguel Ángel Martínez Romero, es crítico literario y profesor de lengua española y religión en el Centro Escolar El Encino.

Colabora en la revista Istmo.